Pensaba que no pero sí

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Princesas por derecho propio

Echo de menos tu presencia.

Tus llamadas intempestivas.

Tus mensajes sin sentido.

Echo de menos sonreír al escuchar el teléfono. Que se me iluminen los ojos al leer un email tuyo. Echo de menos el cosquilleo al verte. Pensar que un día por casualidad me puedo cruzar contigo.

Echo de menos saber que estás ahí. Saber que puedes ser mío, de un modo que sólo tú y yo conocemos. Porque hacíamos el amor con la mirada.

Pocas veces hubo contacto carnal entre nosotros: cada vez que nos acercábamos el uno al otro para, simplemente, darnos dos besos, los calambres eléctricos nos advertían que si seguíamos, la tentación se convertiría en pecado.

Pecado, porque ni tú ni yo podemos, porque ni yo ni tú debemos. A eso hemos jugado durante años, a saber que queríamos pero no podíamos.

Ahora, en ciudades diferentes, el juego ha terminado. La vida nos ha llevado por caminos, tal vez para siempre, separados. Donde la intersección ya no va a ser posible. Donde, poco a poco, las llamadas han ido desapareciendo, y los mensajes se convirtieron en wassaps para, ahora, también desvanecerse.

Porque ver que avanzamos por separado hace que en el fondo sepamos que no tiene sentido seguir con un juego en el que los dos ganábamos y perdíamos por igual. O quizá yo más que tú porque dudo que ahora, en estos instantes, estés pensado en mi, que me recuerdes de la forma en que yo lo hago, que te vengan a la mente nuestros encuentros, que desees que suene el teléfono.

Pensaba que no pero sí, te echo de menos.

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Soñando la vida

envidia entre amigas
Princesas por derecho propio

Laura quisiera que el día tuviera 48 horas. No para vivirlas intensamente sino para bucear más en la vida de Carla. Porque Laura está obsesionada con Carla.

No quiere admitirlo, porque nunca confesaría que no es tan auténtica como presume de ser, pero es cierto. Intenta copiar a Carla en todo lo que puede.

La vida de Carla le condiciona hasta el punto de que Laura se despierta mirando el facebook de Laura y se acuesta revisando su twitter.

No puede evitarlo, quiere ser como ella. Desea tener el trabajo de Carla, anhela con comer en los mismos restaurantes que ella y ansía con conocer a sus amigos.

No se da cuenta de que mientras vive soñando con ser Carla se olvida de mirar a su alrededor. Si se fijase, si por un momento aparcara su obsesión, se daría cuenta de lo maravillosa que es su vida. No porque sea más o menos glamurosa que la de Carla, sino porque es la suya, porque es real, porque es única.

Esperando lo imposible

amor imposible
Princesas por derecho propio

 

Dicen que los mejores recuerdos son los que nunca han sucedido y que por eso los amores imposibles han de mantener esa condición de fantasía porque en el momento en que sean carnales, dejarán de ser perfectos.    

En este caso, no ha sido así. Laura ya no sueña con Carlos pero no porque hayan acabado entre sábanas sino porque se ha cansado de jugar al ratón y al gato. Se ha dado cuenta de que no era tan perfecto como ella pensaba.

Carlos y ella han estado durante años jugando el uno con la otra y viceversa. No se ha sentido utilizada. A veces, la buscaba él y otras a la inversa.

Pero es cierto, que últimamente, aunque él siempre respondía a sus mensajes, la iniciativa siempre la tomaba ella. Y se ha cansado.

Dice que ha madurado, que la vida son dos días y que no los va a seguir dedicando a un recuerdo. Porque en el fondo, era de lo que se alimentaba, de los buenos momentos que pasaron fantaseando.

Ahora, su mayor fantasía es volver a ilusionarse. Y hacerlo con alguien que apueste por ella desde el principio y hasta el final. Carlos, se quedará en un buen recuerdo, ni más ni menos.

Ocho años después de aquel encuentro fortuito, Laura ha conseguido pasar página. La vida no espera.

 

El fin de la magia

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Princesas por derecho propio

Me liberé del poder de tu mirada,

del vuelco en el corazón cada vez que, por causalidad, te encontraba,

del brillo en los ojos al mirarte,

de la sonrisa  boba al escucharte.

Me liberé.

Se acabó tu hechizo.

Se fue la magia.

Y con ello, parte de mi,

de mi inocencia adolescente,

de mi facilidad para ilusionarme.

No me importa.

Soy libre.

Me liberé de tu fantasma.

De pensar en ser uno a convertirse en tres

quiero ser madre
Princesas por derecho propio

 

Era lo último que esperaba oír de los labios de Aurora: “estoy embarazada”. Cuando hace unos días me lo dijo, no pude evitar la cara de asombro. Lo intenté pero fue inútil no abrir de par en par los ojos. Esgrimí, con la mejor de mis sonrisas, un “enhorabuena” lo más velozmente que pude. No estábamos solas en aquella tarde de otoño y desconocía si el resto sabían lo que yo: que Aurora llevaba muchos meses planteándose dejar a Carlos.

Imagino que las demás lo ignoraban porque nadie expresó extrañeza. Ninguna se percató de mi cara, excepto Aurora que al verla giró su rostro, no sin antes intercambiar una rápida mirada. Por la noche, al teléfono, me confirmó lo que sus ojos me decían horas antes “sé lo que piensas pero estoy bien”.

Aurora y Carlos se conocieron hace casi nueve años. La atracción fue tan intensa que camufló sus diferencias. Eran, son, una de las parejas más extrañas que conozco. Aunque a decir verdad, a Carlos a penas lo he visto un par de veces. Él solo se relaciona con “su gente”. Un círculo en el que nunca han entrado ni las amigas ni los familiares de Aurora.

Las últimas veces que ella y yo quedamos el tema de conversación era el mismo: no era feliz con él. Hacía mucho que se sentía así pero hacía unos meses que empezaba a plantearse dejarlo. El motivo, Lucas, un compañero de trabajo que le había devuelto la sonrisa, que le volvió a llenar el estómago de mariposas…pero que no la esperó. Aurora no se decidía a dejar a Carlos y Lucas apostó por Laura, otra compañera de oficina.

Aurora me confiesa que la actitud de Lucas hizo que empezara a ver con otros ojos a Carlos, de quien últimamente solo resaltaba lo malo.

“Es algo que me apetecía, no ha sido para salvar nada“, dice Aurora sonriendo. Porque aunque me lo contaba por teléfono, era como si la tuviera delante, su alegría era tal que podía imaginarme su rostro ilusionado. “Sé que es raro pero alégrate por mi, estoy contenta. Nos irá bien”. Y a partir de ahí la conversación empezó a girar en torno a el cosquilleo que le desbordaba. Las mariposas han dejado paso a la cigüeña.

Abriendo los ojos frente al mar de Sonderborg

corazón o cabeza, ¿quién manda?
Princesas por derecho propio

Tanto tiempo perdido… Se había acostumbrado a vivir en una mezcla, a partes no proporcionales, de melancolía y tristeza.
Paseaba por la vida mostrando su cara más apática. Sonreía, pero no con los ojos.

Se dejó llevar hasta encontrarse en un cruce de caminos:el querido o el debido. Cerró los ojos y comenzó a viajar rumbo al destino decidido. Recorrió las distintas estaciones, los compañeros de viaje, las despedidas, los reencuentros, las sorpresas…

Sería un viaje sin retorno y sin arrepentimientos porque era el trayecto por el que había decidido apostar. Abrió los ojos, esta vez sonreían.

Las flores de Sonderborg /2

fin del amor
Princesas por derecho propio

Lo hiciste. Te sentaste pero no permaneciste callado.
Ojalá lo hubieras hecho, hubiera resultado mejor si tus silencios hubieran ganado la batalla a tus palabras.
De haber continuado con los labios sellados, podría seguir autoconvenciéndome de que no sé nada de ti, de que tu misterio oculta facetas tuyas que me alejarían de ti. Continuaría refugiándome en las sombras que proyectas como escudo para no arrojarme a tus brazos.

Conversamos. Conectamos (como en el fondo siempre supimos/temimos).
Has dejado de ser una ilusión para ser una realidad.

Te vuelves a ir, dejándome más confundida que nunca, haciéndome ver lo peor de mi, la cobardía que me impide dejarlo todo y apostar por ti.

Las flores de Sonderborg

amor irreal, amor platónico, amor soñado
Princesas por derecho propio

Sólo sé que trastocas mi vida con tus idas y venidas.

Que cuando apareces revolucionas mi cuerpo y alma, haciendo que en mi mente sólo haya espacio para tu nombre y que por las noches sueñe contigo aunque no seas tú quien comparta mi cama.
Que cuando te evaporas el vacío se apodera de mi una vez más y tu ausencia vuelve a llenar mi vida de monotonía.

Así que por favor, siéntate esta vez, aunque sea por unos minutos, unas horas o una vida. No hace falta que digas nada, sólo permanece …a mi lado.

Flores ¿marchitas?

amor imposible
Princesas por derecho propio

Puede que nunca hayamos creído lo suficiente en ello porque en el fondo sabíamos que éramos de dos mundos distintos, no sólo tú de Marte y yo de Venus si no de distintas formas de ver la vida.

A ti te preocupaba que me enamorara de ti; a mi, el hacerlo sabiendo que me acabaría doliendo.

No nos pusimos de acuerdo en los, pobres, intentos de tener algo, pero el saber que estamos ahí nos da alas, nos permite jugar sabiendo que la partida es inofensiva, que nadie saldrá herido, que nadie tendrá que arrastrarse.